Jorge
Eduardo Garcés (El Chino)
EL
CHINO, creador de un lugar que convocó a quienes
atraído por otra visión del tango y de la vida,
se acercaban sabiendo que lo más importante era el
calor humano y la mano tendida. El boliche lo inició
el padre, cuando era común que hubiera almacén
y bar en el mismo local. Con el tiempo, los parroquianos cantaban
tangos y sólo los hombres iban a escuchar. 47 años
despues se convirtió en un lugar mítico de Buenos
Aires y el Chino en su mentor. Con la crisis de la Argentina
y el empobrecimiento de su clase media, el lugar, que el Chino
y su familia alquilaban durante toda la vida, estaba en venta.Los
herederos del dueño necesitaban el dinero para sobrevivir.
Pero hasta hoy no encontraron comprador.
El
Chino falleció el 21 de agosto de 2001. La muerte de
su único hijo, en enero de ese mismo año, le
ahondó un dolor del que no se recuperó. "Andá
a otros países a ver como cuidan las cosas de ellos,
acá no cuidamos nada. Y la culpa no la tienen los jóvenes,
los adultos tienen la culpa. Yo fui hasta tercer grado, no
seré tan inteligente. Pero esos grandes inteligentes
usan la inteligencia para hacer el mal. La inteligencia se
usa para hacer el bien y aqu’ la usan para hacer el mal",
decía el chino en uno de los testimonios durante el
documental. Habla del pasado como de un tiempo en el que la
gente era más patriota y honesta, aunque de alguna
manera se reconoce feliz, porque siempre "soñé
con esto y lo logré". Sus abuelos eran españoles,
cuando JOSE SACRISTAN (el famoso actor español)
descubre el bar y conoce a EL CHINO, una corriente
de amistad y de identidad se establece entre los dos. "Lo
que ahí ocurre, no me ha ocurrido en otro sitio, dice
Sacristán". El actor se siente como en el patio de
su casa de infancia. La simpleza y lo llano de su lenguaje,
siempre le sirvió para convocar a todo el mundo. Porque
tal vez, el Chino haya tenido el saber del poeta. El poeta
sin ampulosidades, ni pretensiones. El poeta que puede ver
lo esencial, entenderlo y concluir en el mismo instante.
Y
el Chino sabía siempre a primera vista que lo más
importante era el afecto. Por eso no importaba el cuidado
del boliche sino los testimonios de los amigos que iba haciendo.
Y esos testimonios están en las fotos que cubren las
paredes del lugar. Así como su voz, desgarrada por
tantas noches con amigos, cantaba mientras sus manos se extendían,
volcando sus sentimientos en los tangos, su boliche se poblaba
de gente de distintas edades y distintos idiomas. Gente que
quería sentir la poesía en la piel. Y entonces
no importaban las paredes rotas y húmedas, ni el humo,
ni la lejanía de Pompeya, porque algo maravilloso pasaba
ahí. Lo esencial se hacía visible. Estaba en
los corazones de los habitantes nocturnos del Boliche del
Chino.
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